10 nov. 2014

Felicidad

Todos vamos tras la felicidad.
La buscamos constantemente.
Es una necesidad del hombre el hallar lo que nos hace felices.
¿Será que estamos hechos para ser felices?
Creo que sí y estoy segura que tan sólo hallamos esa hermosa felicidad en la profunda y duradera amistad con Dios, con Jesucristo.
Para el cristiano, Dios es Amor y con esta afirmación no basta porque entraña mucho, muchísimo significado para la vida de los hombres.
Si Dios, en Jesucristo, me ama con todo su ser, su poder, resulta que nunca estoy solo, nunca fui abandonado en este mundo, siempre tuve cerca a mi Dios, aunque no lo supiera, aunque no lo creyera.
El principe de este mundo, que se manifiesta enemigo acérrimo de este Dios Amor, procura con gran eficacia convencernos de que Dios no existe, y si existe, prescinde de nosotros, porque no le importamos.
Esta es la gran mentira que nuestra civilización del bienestar, nuestras sociedades del primer mundo se han creido del todo. En la práctica de muchos, así lo viven, y así padecen luego la desazón y la desesperación consiguientes a haber dado la espalda a Nuestro Señor. ¿ por qué se desesperan tantos que afirman despreciar la posibilidad de un Dios Amor? Pues precisamente porque estamos hechos para amarle, reconocerle como nuestro Dios y servirle. Está inscrito en nuestro genoma biológico y espiritual el ser primero criaturas que salieron de tan excelsas manos y luego hijos por la fe en Jesucristo, que comparte su filiación divina con todo aquel que crea en Él.
Por todo ello afirmo, sin temor a equivocarme, que sólo volveremos a encontrar la serenidad y la paz como pueblos del siglo XXI, cuando en bloque volvamos nuestro rostro hacia el Señor de señores, Jesucristo, que nos espera siempre, con brazos abiertos. ¿Seremos capaces de cambiar el rumbo errático en el que estamos? ¿Seremos capaces de reconocer nuestro gran error al desechar a tan buen Señor?
¿Será necesaria una gran purificación para que los hombres de nuestro tiempo quieran volver su mirada hacia Jesucristo?
Sólo Dios sabe. Pongamos nuestra confianza plena en su divino Amor, y procuremos amarle, obedecerle y amar de corazón a nuestro prójimo, porque estos dos mandamientos son toda la ley de Dios.
Con su gracia, PODEMOS.


1 comentario:

Fernanda dijo...

Esperemos que no sea necesaria esa purificación de la que hablas, ojalá pueda la Humanidad deshacerse de los lastres sin necesidad de sufrimiento. Aunque en ocasiones contemplando el panorama, una duda de esa posibilidad.
Besitos , querida amiga!