16 may. 2014

La vida en Dios

" Quien me ha visto a mí ha visto al Padre.  
¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? 
Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. 
El Padre, que permanece en mí, él mismo hace sus obras. 
Creedme: yo estoy en el Padre, y el Padre en mí. 
Si no, creed a las obras. 
Os lo aseguro: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores. 
Porque yo me voy al Padre.» 

De la lectura del santo evangelio según san Juan 14,7-14


Nuestra fe se apoya en la perfecta y estrechísima unión de amor divinal entre Dios Padre y Dios Hijo por el Amor. Es un estar el uno en el otro y viceversa. Y el estar así de unidos por el Amor es distintivo de nuestro Dios, que es comunidad de personas.


Si lo pensamos, es algo tan hermoso que sólo con la visión podremos gozar en la medida de nuestras posibilidades, en la otra vida. Esa vida eterna que Jesús nos prometió y en la que creemos y esperamos.


Vivir uno en el otro. Y eso ocurre en el corazón de cada uno de nosotros. Los tres divinos vienen, cuando los amamos a nuestro corazón y hacen de él su casa, en la que se aman y a la que aman infinitamente. Así entramos en la corriente omnipotente del amor de Dios que nos regenera, purifica y santifica, para luego divinizarnos, en la medida que tan sólo Dios sabe para cada uno.


Cuando dos se aman, desean estar juntos, desearían vivir siempre el uno en el otro, sin jamás separarse por nada. Esto es imagen de lo que Dios mismo vive y además lo que quiere vivir con cada uno de nosotros. Una historia de amor en la que la Bella es Dios mismo y la bestia somos nosotros, pero para ser convertidos en hijos de la Belleza increada.


Inconcebible tanto amor y tanta magnanimidad. Entregémonos al Amor para siempre. Él sí que lo vale.

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