12 may. 2014

Jesús, Dios y hombre perfecto


Jesús mismo se muestra como el hombre nuevo reconciliado consigo y con Dios.

No presenta el mundo ni peor ni mejor de lo que es.

No moraliza.

Afronta la realidad con extraordinario equilibrio y posee la capacidad de ver y colocar todas las cosas en su sitio.

Sus palabras y actitudes revelan a alguien liberado de las complicaciones que los hombres y la historia del pecado crearon.

Ve con ojos perspicaces las realidades más complejas y simples y va a lo esencial de las cosas.

Sabe decirlas breve, concisa y exactamente.

Jesús, como los testimonios evangélicos nos lo presentan, se manifiesta como un genio del equilibrio y sentido común.

Una serenidad incomparable rodea todo lo que hace o dice.

Dios, el hombre, la sociedad y la naturaleza están ahí en una inmediatez  asombrosa.

No hace teología, ni apela a principios superiores de moral, ni se pierde en una casuística minuciosa.

Pero sus palabras y comportamientos inciden plenamente en lo concreto, en el mismo corazón de la realidad y conducen a una decisión ante Dios.

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