11 jun. 2013

Sal de la tierra




Dice nuestro Señor:

" Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve 


sosa,  ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla 


fuera y que la pise la gente. 



Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una 


ciudad puesta en lo alto de un monte; tampoco se enciende 


una vela para meterla debajo del celemín, sino para ponerla 


en el candelero, y que alumbre a todos los de casa. 



Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean 


vuestras buenas obras, y den gloria a vuestro Padre que 


está en el cielo. 


Nos volvemos sosos cuando no le dejamos suficiente espacio y libertad al Espíritu Santo en nuestro corazón. Cuando nos entregamos a Él tan sólo hasta cierto punto. No se trata de ir predicando por los codos todo el santo dia sino de que nos importe , nos afecte y mucho el destino eterno de nuestro prójimo. Ya sabemos que nuestro prójimo son todos los demás, todos los que de una forma u otra entran en contacto con nosotros, a lo largo de la jornada diaria. Si les amamos según Dios, encontraremos la manera de acercarles a Él. El Espíritu Santo es sabio. Pongámonos en sus divina manos.

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