31 ene. 2012

Ecclesia de Eucharistia





Virgo Mater, Christi vultus Eucharistici Adoratrix





Panem nostrum cotidiánum
da nobis hódie  





El sacerdote y la Eucaristía: 
Inseparablemente unidos por el Amor de Dios.


30 ene. 2012

Gozo y alabanza al Señor




¡Proclama mi alma la grandeza del Señor!






¡se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador!






porque ha mirado la pequeñez de su esclava








¡desde ahora me dirán bienaventurada todas las generaciones!


29 ene. 2012

Audiencia de los miércoles del Santo Padre

AUDIENCIA GENERAL

Sala Pablo VI
Miércoles 25 de enero de 2012




Queridos hermanos y hermanas:

En la catequesis de hoy centramos nuestra atención en la oración que Jesús dirige al Padre en la «Hora» de su elevación y glorificación (cf. Jn 17, 1-26). Como afirma el Catecismo de la Iglesia católica: «La tradición cristiana acertadamente la denomina la oración “sacerdotal” de Jesús. Es la oración de nuestro Sumo Sacerdote, inseparable de su sacrificio, de su “paso” [pascua] hacia el Padre donde él es “consagrado” enteramente al Padre» (n. 2747).

Esta oración de Jesús es comprensible en su extrema riqueza sobre todo si la colocamos en el trasfondo de la fiesta judía de la expiación, el Yom kippur. Ese día el Sumo Sacerdote realiza la expiación primero por sí mismo, luego por la clase sacerdotal y, finalmente, por toda la comunidad del pueblo. El objetivo es dar de nuevo al pueblo de Israel, después de las transgresiones de un año, la consciencia de la reconciliación con Dios, la consciencia de ser el pueblo elegido, el «pueblo santo» en medio de los demás pueblos. La oración de Jesús, presentada en el capítulo 17 del Evangelio según san Juan, retoma la estructura de esta fiesta. En aquella noche Jesús se dirige al Padre en el momento en el que se está ofreciendo a sí mismo. Él, sacerdote y víctima, reza por sí mismo, por los apóstoles y por todos aquellos que creerán en él, por la Iglesia de todos los tiempos (cf. Jn 17, 20).

La oración que Jesús hace por sí mismo es la petición de su propia glorificación, de su propia «elevación» en su «Hora». En realidad es más que una petición y que una declaración de plena disponibilidad a entrar, libre y generosamente, en el designio de Dios Padre que se cumple al ser entregado y en la muerte y resurrección. Esta «Hora» comenzó con la traición de Judas (cf. Jn 13, 31) y culminará en la ascensión de Jesús resucitado al Padre (cf. Jn 20, 17). Jesús comenta la salida de Judas del cenáculo con estas palabras: «Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él» (Jn 13, 31). No por casualidad, comienza la oración sacerdotal diciendo: «Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti» (Jn 17, 1).

La glorificación que Jesús pide para sí mismo, en calidad de Sumo Sacerdote, es el ingreso en la plena obediencia al Padre, una obediencia que lo conduce a su más plena condición filial: «Y ahora, Padre, glorifícame junto a ti con la gloria que yo tenía junto a ti antes que el mundo existiese» (Jn 17, 5). Esta disponibilidad y esta petición constituyen el primer acto del sacerdocio nuevo de Jesús, que consiste en entregarse totalmente en la cruz, y precisamente en la cruz —el acto supremo de amor— él es glorificado, porque el amor es la gloria verdadera, la gloria divina.

El segundo momento de esta oración es la intercesión que Jesús hace por los discípulos que han estado con él. Son aquellos de los cuales Jesús puede decir al Padre: «He manifestado tu nombre a los que me diste de en medio del mundo. Tuyos eran, y tú me los diste, y ellos han guardado tu palabra» (Jn 17, 6). «Manifestar el nombre de Dios a los hombres» es la realización de una presencia nueva del Padre en medio del pueblo, de la humanidad. Este «manifestar» no es sólo una palabra, sino que es una realidad en Jesús; Dios está con nosotros, y así el nombre —su presencia con nosotros, el hecho de ser uno de nosotros— se ha hecho una «realidad». Por lo tanto, esta manifestación se realiza en la encarnación del Verbo. En Jesús Dios entra en la carne humana, se hace cercano de modo único y nuevo. Y esta presencia alcanza su cumbre en el sacrificio que Jesús realiza en su Pascua de muerte y resurrección.

En el centro de esta oración de intercesión y de expiación en favor de los discípulos está la petición de consagración. Jesús dice al Padre: «No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así yo los envío también al mundo. Y por ellos yo me consagro a mí mismo, para que también ellos sean consagrados en la verdad» (Jn 17, 16-19). Pregunto: En este caso, ¿qué significa «consagrar»? Ante todo es necesario decir que propiamente «consagrado» o «santo» es sólo Dios. Consagrar, por lo tanto, quiere decir transferir una realidad —una persona o cosa— a la propiedad de Dios. Y en esto se presentan dos aspectos complementarios: por un lado, sacar de las cosas comunes, separar, «apartar» del ambiente de la vida personal del hombre para entregarse totalmente a Dios; y, por otro, esta separación, este traslado a la esfera de Dios, tiene el significado de «envío», de misión: precisamente porque al entregarse a Dios, la realidad, la persona consagrada existe «para» los demás, se entrega a los demás. Entregar a Dios quiere decir ya no pertenecerse a sí mismo, sino a todos. Es consagrado quien, como Jesús, es separado del mundo y apartado para Dios con vistas a una tarea y, precisamente por ello, está completamente a disposición de todos. Para los discípulos, será continuar la misión de Jesús, entregarse a Dios para estar así en misión para todos. La tarde de la Pascua, el Resucitado, al aparecerse a sus discípulos, les dirá: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo» (Jn 20, 21).

El tercer acto de esta oración sacerdotal extiende la mirada hasta el fin de los tiempos. En esta oración Jesús se dirige al Padre para interceder en favor de todos aquellos que serán conducidos a la fe mediante la misión inaugurada por los apóstoles y continuada en la historia: «No sólo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos» (Jn 17, 20). Jesús ruega por la Iglesia de todos los tiempos, ruega también por nosotros. El Catecismo de la Iglesia católica comenta: «Jesús ha cumplido toda la obra del Padre, y su oración, al igual que su sacrificio, se extiende hasta la consumación de los siglos. La oración de la “Hora de Jesús” llena los últimos tiempos y los lleva a su consumación» (n. 2749).

La petición central de la oración sacerdotal de Jesús dedicada a sus discípulos de todos los tiempos es la petición de la futura unidad de cuantos creerán en él. Esa unidad no es producto del mundo, sino que proviene exclusivamente de la unidad divina y llega a nosotros del Padre mediante el Hijo y en el Espíritu Santo. Jesús invoca un don que proviene del cielo, y que tiene su efecto —real y perceptible— en la tierra. Él ruega «para que todos sean uno; como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17, 21). La unidad de los cristianos, por una parte, es una realidad secreta que está en el corazón de las personas creyentes. Pero, al mismo tiempo esa unidad debe aparecer con toda claridad en la historia, debe aparecer para que el mundo crea; tiene un objetivo muy práctico y concreto, debe aparecer para que todos realmente sean uno. La unidad de los futuros discípulos, al ser unidad con Jesús —a quien el Padre envió al mundo—, es también la fuente originaria de la eficacia de la misión cristiana en el mundo.

«Podemos decir que en la oración sacerdotal de Jesús se cumple la institución de la Iglesia... Precisamente aquí, en el acto de la última Cena, Jesús crea la Iglesia. Porque, ¿qué es la Iglesia sino la comunidad de los discípulos que, mediante la fe en Jesucristo como enviado del Padre, recibe su unidad y se ve implicada en la misión de Jesús de salvar el mundo llevándolo al conocimiento de Dios? Aquí encontramos realmente una verdadera definición de la Iglesia.

La Iglesia nace de la oración de Jesús. Y esta oración no es solamente palabra: es el acto en que él se “consagra” a sí mismo, es decir, “se sacrifica” por la vida del mundo» (cf. Jesús de Nazaret, II, 123 s).

Jesús ruega para que sus discípulos sean uno. En virtud de esa unidad, recibida y custodiada, la Iglesia puede caminar «en el mundo» sin ser «del mundo» (cf. Jn 17, 16) y vivir la misión que le ha sido confiada para que el mundo crea en el Hijo y en el Padre que lo envió. La Iglesia se convierte entonces en el lugar donde continúa la misión misma de Cristo: sacar al «mundo» de la alienación del hombre de Dios y de sí mismo, es decir, sacarlo del pecado, para que vuelva a ser el mundo de Dios.

Queridos hermanos y hermanas, hemos comentado sólo algún elemento de la gran riqueza de la oración sacerdotal de Jesús, que os invito a leer y a meditar, para que nos guíe en el diálogo con el Señor, para que nos enseñe a rezar. Así pues, también nosotros, en nuestra oración, pidamos a Dios que nos ayude a entrar, de forma más plena, en el proyecto que tiene para cada uno de nosotros; pidámosle que nos «consagre» a él, que le pertenezcamos cada vez más, para poder amar cada vez más a los demás, a los cercanos y a los lejanos; pidámosle que seamos siempre capaces de abrir nuestra oración a las dimensiones del mundo, sin limitarla a la petición de ayuda para nuestros problemas, sino recordando ante el Señor a nuestro prójimo, comprendiendo la belleza de interceder por los demás; pidámosle el don de la unidad visible entre todos los creyentes en Cristo —lo hemos invocado con fuerza en esta Semana de oración por la unidad de los cristianos—; pidamos estar siempre dispuestos a responder a quien nos pida razón de la esperanza que está en nosotros (cf. 1 P 3, 15). Gracias.

26 ene. 2012

Reaviva el don que recibiste de Dios


Será preciso hacer un breve recuerdo de la propia vida.
Niñez, adolescencia, juventud, madurez...
Y ver como el Señor ha ido actuando en mi propia vida de mil formas, estando siempre presente, protegiéndome, sanándome y podándome, cuando fue preciso, para que con su gracia lograra avanzar en el camino de la santidad, el camino de unión amorosa con Él.
¡Reavivemos el don recibido y démosle gracias con vítores en la boca, cantemos con alegría su Presencia entre nosotros, para siempre!



23 ene. 2012

Ocúpate en amarme.

¿Cual es el mandamiento más grande de todos?




y tú, ocúpate en amarme. Lo demás se te dará por añadidura.




¿Realmente amo al Señor, mi Dios cómo Él lo espera de mí?

¿Y entonces, por qué no me acuso en mis confesiones, de amarle poco, muy poco?

Si no soy capaz de amarle con todo el corazón, con toda el alma, ¿podré amar al prójimo tal y como Él desea? Si caigo a menudo en los mismos pecados, no será por que amo poco a Jesucristo?
¡Oh, Señor, Jesús, apiádate de nosotros, que queremos seguirte y nos falta tanto para llegar a ser santos, como Tú lo deseas! Apiádate de nosotros, que somos pecadores y concédenos tu Favor, tu Gracia para poder así crecer en el Amor, en tu Amor y con ello en santidad a tus ojos, cumpliendo así con toda justicia, viviéndo con el alma verdaderamente entregada a tu santo Corazón. Así sea.



20 ene. 2012

Subió a la montaña y llamó a los que quiso





Lectura del santo evangelio según san Marcos 3, 13-19

Después subió a la montaña y llamó a su lado a los que quiso.

Ellos fueron hacia él, y Jesús instituyó a Doce para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar con el poder de expulsar a los demonios.

Así constituyó el grupo de los Doce:
Simón, a quien dio el sobrenombre de Pedro, Santiago el de Zebedeo y su hermano Juan, a quienes dio el sobrenombre de Boanerges -Los Truenos-, Andrés, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago el de Alfeo, Tadeo, Simón el Celotes y Judas Iscariote, que lo entregó.


También nosotros estamos llamados a subir a la montaña, es decir a acercarnos a nuestro Padre Santo , porque Le necesitamos para saber lo que debemos hacer, siguiendo el plan de Dios para cada uno de nosotros. 
Una vez allí, en la montaña del encuentro con nuestro amado Jesús, Él nos llamará por nuestro nombre y nos revelará la misión que a cada uno encomienda en esta vida, que, aún siendo pequeña y modesta, es la nuestra y sólo cada uno puede llevarla a cabo, con la Gracia de Dios, y complacer de este modo a nuestro misericordioso Señor.
¡Habla, Señor, que tus siervos te escuchan!

17 ene. 2012

La santa libertad de los hijos de Dios

Lectura del santo evangelio según san Marcos 2, 23-28

Un sábado, atravesaba el Señor un sembrado; mientras andaban, los discípulos iban arrancando espigas. Los fariseos le dijeron:
-«Oye, ¿por qué hacen en sábado lo que no está permitido?»
Él les respondió:
-« ¿No habéis leído nunca lo que hizo David, cuando él y sus hombres se vieron faltos y con hambre? Entró en la casa de Dios, en tiempo del sumo sacerdote Abiatar, comió de los panes presentados, que sólo pueden comer los sacerdotes, y les dio también a sus compañeros.»
Y añadió:
-«El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado; as! que el Hijo del hombre es señor también del sábado.»


¡ Con qué libertad interior actúas, Señor Jesús! Y cómo nos enseñas a ser como tú y no dejarnos acorralar por aquellos que ponen su corazón tan sólo en el mero cumplimiento externo de una serie de normas, que, sin el Espíritu que las inspira, se vuelven costumbres vacías y estériles.
Queremos ser como Tú, Señor Jesús, y verlo y vivirlo todo desde el Amor Divino que da hondura al pensamiento humano y a los actos derivados de él.
Queremos ser libres como el Viento que sopla dónde quiere y nadie sabe de dónde viene ni a dónde va, ese viento divino que se nos insufla por medio del santo bautismo y que sostiene a la Esposa tuya, a la que tanto amas, desde hace más de 2000 años...
Libera a tu Esposa de todo convencionalismo, de toda atadura mundana y hazla de verdad libre y veraz en todo, como Tú, como tu amado Padre, como tu Espíritu de Luz y Verdad. Como la hermosa Señora que te acuna.




¡Jesús, en Tí confío!

11 ene. 2012

San Marcos, 1, 29-39

Santo Evangelio según San Marcos: 1,29-39

En aquel tiempo, Jesús, saliendo de la sinagoga se fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre; y le hablan de ella. Se acercó y, tomándola de la mano, la levantó. La fiebre la dejó y ella se puso a servirles.

Al atardecer, a la puesta del sol, le trajeron todos los enfermos y endemoniados; la ciudad entera estaba agolpada a la puerta. Jesús curó a muchos que se encontraban mal de diversas enfermedades y expulsó muchos demonios. Y no dejaba hablar a los demonios, pues le conocían.

De madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se levantó, salió y fue a un lugar solitario y allí se puso a hacer oración.

Simón y sus compañeros fueron en su busca; al encontrarle, le dicen: «Todos te buscan». El les dice: «Vayamos a otra parte, a los pueblos vecinos, para que también allí predique; pues para eso he salido». Y recorrió toda Galilea, predicando en sus sinagogas y expulsando los demonios.

8 ene. 2012

El bautismo del Señor



Aquel que es la Palabra viva, transparente, creadora de Dios Padre,
encarnada, hecha hombre, en todo igual a nosotros, salvo en el pecado,
se humilla poniéndose a la cola de los pecadores que se sienten necesitados
de purificación y acuden al bautismo de penitencia que San Juan imparte.

A la cola, como si fuera un pecador más...
y lo hace porque, Dios como es, desea redimir a los hombres desde dentro
de la misma humanidad, no desde fuera, como de lejos , allí en su alto Cielo.
No, Jesucristo se implica en nuestra vida humana, de todas a todas.
Y dejándose bautizar por San Juan Bautista, lo que hace el Señor es someterse, por el 
infinito Amor que le llena el ser, a toda justicia, como Él mismo lo describe :

Dejándose bautizar, asume y comienza a cargar sobre sus divinas espaldas todo el pecado del hombre, ya que es su Redentor y además confiere al agua de este planeta la virtud de poder purificarnos, santificarnos y divinizarnos mediante ella, por su Gracia Divina.

En compañía del gran precursor de Jesucristo, en su primera venida en carne mortal, contemplemos tamaño acto de Amor hacia nosotros y agradezcámosle con nuestras vidas entregadas a su Amor, tanta Vida derramada, tanto Dolor abrazado, tanto Bien comunicado a la Iglesia en este sacramento de iniciación cristiana, en el que accedemos como simples criaturas amadas por Dios, y salimos como auténticos hijos del Altísimo, destinados a no morir nunca más, a vivir una Vida Eterna en plenitud de amor y gozo, junto a Él.

¿Qué más necesitamos para ser felices?

5 ene. 2012

Evangelio según San Juan 3, 11 21

El que no ama, permanece en la muerte. ( San Juan Apóstol )

Amar a alguien amable resulta tan fácil... Pero amar a aquellos que son antipáticos, o fríos o duros no lo es en absoluto.

El mérito del amor está en amar, cuando uno ve claramente que no será correspondido.

Porque así nos ama Dios. Gratuitamente. Ama, porque Él es Amor.

Esa es nuestra vocación más cierta : Llegar a ser hijos del Amor, haciendo de ello nuestra targeta de identidad más característica.

¿Pero amar es ser educado?

Sí y mucho más que sólo eso.
Imagino por un momento a la persona que más amo... ¡pues de la misma forma estoy llamado a amar a todos!

Para ello tengo que hacerme Amor de Dios.

Como yo no puedo, deberé pedirlo cada dia con confianza, ya que si Él nos lo ha mandado, seguro que su Gracia y asistencia para conseguirlo NO NOS FALTARÁ.


4 ene. 2012

San Juan nos enseña




Lectura de la primera carta del apóstol san Juan 3,7-10

Hijos míos, que nadie os engañe.
Quien obra la justicia es justo, como él es justo.
Quien comete el pecado es del diablo, pues el diablo peca desde el principio.

El Hijo de Dios se manifestó para deshacer las obras del diablo.

Todo el que ha nacido de Dios no comete pecado, porque su germen permanece en él, y no puede pecar, porque ha nacido de Dios.

En esto se reconocen los hijos de Dios y los hijos del diablo: todo el que no obra la justicia no es de Dios, ni tampoco el que no ama a su hermano.



Madre mía, Juan, ¡qué claro nos hablas!... Y si nos miramos por un instante al espejo de tus límpidas palabras, tendremos que lamentar que en no pocas ocasiones, pecamos...

¿Será que no acabamos de acoger el germen de Dios, por completo?

Oh, Señor misericordioso, te rogamos que plantes en nuestros corazones ese tu germen divino, que nos capacite para vivir como hijos tuyos, amantes y fieles a tu Voluntad Divina y Santa, del todo amorosa para con nosotros, y que podamos abandonar el pecado ya para siempre, como Juan nos enseña, él que es el discípulo amado de tu Hijo Jesucristo, por Quien todo Don nos es dado.
Amén.

1 ene. 2012

Santa María Madre de Dios



¡Oh María, Madre de Jesús, Madre de Dios hecho hombre, ruega por todos nosotros que acudimos a tu protección y auxilio!
Conocedora de los secretos más exquisitos del Sagrado Corazón, admítenos entre los  hijos muy amados del Padre, intercediendo por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.