30 ene. 2011

¡Felices los que crean, porque tendrán Vida Eterna!

Nadie me quita la vida, sino que Yo la doy libremente, dijo Jesús. ( San Juan, 10, 17 )



El don que Jesús hace, de forma anticipada, de su propia muerte cambia totalmente el sentido de la misma :

Lo que ante el mero observador aparenta ser un estrepitoso fracaso y una escandalosa injusticia histórica, se transforma en una fabulosa apertura a la Vida y una vida eterna.

En esta ofrenda de Jesús, la muerte deja de ser un término fatal y soportado, una especie de paso hacia la nada, de lo que nos quieren insistentemente convencer los " grandes pensantes" contemporáneos, y se convierte en el Acto Libre en el que Jesús pasa de este mundo al Padre ( San Juan, 13,1), Su Ingreso definitivo, como Hijo del Hombre ya inmortal en la Vida Celeste con Dios.

Este Gesto de obediencia amorosa y filial al Padre, por Amor a Él y a los hombres, es el que, por así decirlo merece el Milagro Divino de la Resurrección de Jesús.
Sin esta obediencia, su muerte hubiera sido una muerte más en la larga historia de la humanidad.

Y no es que Dios Padre quisiera la muerte del Hijo del Hombre, sino que en su Sabiduría conocían ambos anticipadamente el hecho que los hombres pecadores, instigados por satanás, acabarían por asesinar al Hijo del Hombre, y sabiéndolo de antemano, deciden poner en ese acto deicida, EL CUAL RESPETAN (¡!),  la Semilla de Oro de la Regeneración humana , con Jesús a la cabeza, primicia de la resurrección que a todos se nos promete. Y, en el tiempo conveniente, se cumple.

( Basado en el escrito del Cardenal Albert Vanhoy, s.j., sobre " La Misa, vida ofrecida ")

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