14 jul. 2010

Reedificar el templo interior

ORACIÓN DEL ABANDONO

Padre mío, me abandono a ti; haz de mi lo que quieras: por todo te doy gracias.

Estoy dispuesto a todo, todo lo acepto con tal que tu voluntad se haga en mi y en todas tus criaturas, No deseo nada más, Dios mío.

Pongo mi alma entre tus manos, te la doy Dios mío, con todo el amor de mi corazón, porque te amo y es para mi una necesidad de amor el darme, el entregarme en tus manos sin medida con infinita confianza, porque tú eres mi Padre.


DIOS ES AMOR

De la primera Carta de San Juan: "Amigos míos, amémonos los unos a los otros, porque el amor viene de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios, porque Dios es amor".

Del Profeta Isaías: "Te daré los tesoros ocultos y los caudales escondidos. Así sabrás que yo soy el Señor, que te llamo por tu nombre, el Dios de Israel. Por mi siervo Jacob, por mi elegido Israel, te llamé por tu nombre, te di un título aunque tú no me conocías".

Hermana, hermano: comienzas una experiencia de desierto. Nuevamente el Señor te ha concedido el don y el privilegio de vivir unos días solo para Él.

Establecerás, provisionalmente, la tienda de campaña que solicitaba el entusiasmado Pedro en el Tabor para vivir totalmente centrado en Él.

Siempre te desenvuelves en una vida en la que todo es prisa, quehacer, entrega a los demás, servicio, olvido de ti mismo, disponibilidad. Ahora, por unos días, vas a vivir estas mismas actitudes positivas, esenciales en todo seguidor de Jesús, con un objetivo muy peculiar: centrar tu vida en Él, vivir sólo para Él, que es para ti el sentido más profundo de todo en tu vida.

Irás comprendiendo, poco a poco, que la disponibilidad en la vida diaria te prepara para vivir abierto al Señor. Verás también en tu oración que tu entrega al Señor es siempre el alma que te alienta cada día. Dios te concederá la gracia de reencontrarte intensamente con esta alma. Vívelo todo en su paz, inmerso en su amor y en su presencia.

Recuerda, sin embargo, que el desierto no se escoge: es Él quien te ha escogido para el desierto, es Él quien espera de ti una disponibilidad de vida y un abandono que irá definiendo siempre tu camino.

Por su gracia, el desierto será un camino de amor y de presencia. Su amor te acompañará día a día. Su presencia será siempre una luz en tu ruta: la lámpara que ilumina tus pasos. Llegarás a percibir que la mirada del Señor sobre tu vida te serena y te da paz.

Comprenderás interiormente que Jesús es tu descanso, que tú, como María, has de ser casa de Dios y también Betania, la casa del pobre. Porque en el silencio has de buscar vivir en la soledad solidaria del corazón.

Los pobres han de tener su lugar en tu desierto. Con su misericordia podrás vivir la verdad de tu vida centrada solo en Dios, a quien quieres servir con un corazón no dividido. Porque tú, libremente, le quisiste decir como María "He aquí la esclava del Señor".

Por ello no te extrañará que, en el silencio y en la soledad en la que vivirás estos días, Él te pida una disponibilidad que podrá parecer desconcertante. Sal de tu tierra y vete a la tierra que Dios te ha preparado.

Que nunca te inquieten tus miserias. En estos días vividos en el silencio tus pobrezas resonarán en tu alma más fuertemente que nunca. Muchas veces serán el trasfondo de tu oración: te sentirás más pobre y pequeño que nunca. Llorarás al sentirte solo y desprotegido, indefenso ante Dios.

Ten paz. No te inquietes por nada, porque Él es tu misericordia y confía en tu amor de fidelidad. Verás como el desierto florecerá, porque cuando lo buscas con sinceridad de corazón en el silencio y en la soledad solidaria, Él te mostrará su rostro de amor.

Él te llamó por tu nombre y te dio un título, aunque tú no le conocías. Recuerda siempre este nombre y el título que Dios ha pensado con amor para ti. Grábalos a fuego en lo más profundo de tu alma.

Sigue en la ruta que has comenzado y confía en Él. Iniciaste tu andadura abandonándote en sus manos amorosas de Padre.

Repite, lentamente, la oración del abandono: "Padre mío, me abandono a ti…".

Mastica, suavemente, cada una de estas palabras. "Haz de mi lo que quieras…".

¡Saborea tu gratitud!: "Por todo te doy gracias…".

Vive en la disponibilidad y dile con amor: "Estoy dispuesto a todo".

Porque, en realidad, todo lo aceptas "… con tal que su voluntad se cumpla en ti y en todas sus criaturas".

Amas tanto su voluntad que llegarás a decir con valentía al Señor: "No deseo nada más, Dios mío".

Desde el día que decidiste seguirle, has puesto tu vida en sus manos. Por ello, al comenzar tu desierto, también le dijiste al Señor: "Pongo mi alma entre tus manos. Te la doy, Dios mío, con todo el amor de mi corazón porque te amo y es para mi una necesidad de amor el darme, el entregarme en tus manos sin medida, con infinita confianza".

¿Temes ahora repetirle estas palabras al Señor?. ¿Te da miedo caer abandonado en sus manos? ¿Te crees débil e incapaz de cumplir su voluntad? ¿Acaso tu vida se desenvuelve en la mediocridad? Te inquieta no poder ser fiel? ¿Te preocupan tus cansancios, tus distracciones, tus posibles infidelidades o la rémora de tu fragilidad? ¿Pesan demasiado en tu vida tus pobrezas?

No temas, no dudes. Ten fe. Vive siempre en el amor. Abandónate en la confianza. Vive en la alegría de sentirte amado. Ten paz. Vive en su paz. Entra en el silencio y en la escucha. Ora, ora sin cesar. Entra en el Templo de Dios. Disponte a escuchar su palabra.

(Jaume Boada, O.P.)

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