19 jun. 2010

Fariseos

Cuando juzgo el pecado público de alguien, yo mismo me condeno ante Dios y ante los hombres.
Porque ni Jesús vino a juzgar, mientras estuvo en carne mortal, sino que vino a salvar a los hombres, sin acepción de personas. ¿Quién soy yo para juzgar a mi prójimo? Si juzgo, no amo. Si condeno, no amo.
Y si no amo, NO CUMPLO LA VOLUNTAD DE DIOS.


















Mire yo primero de esforzarme en vivir el Amor Divino que se me da por la Fe en Jesús y por medio de los Sacramentos, en especial la Santa Misa, y una vez unido amorosamente al Maestro, llévele esa Fe y ese Amor omnipotente a todos aquellos con los que entre en contacto.
Y déjele el juicio al Hijo del Hombre, que en Su Dia juzgará justa- y misericordiosamente a todos.
Ocúpeme yo de amar, con todas las consecuencias derivadas.


2 comentarios:

Theo dijo...

Hola. Me has emocionado mucho,ya no me duele nada la pedrada, éste es el secreto, amar, pero de verdad. Gracias.

Felicitas dijo...

Gracias a ti, Theo, por tu fuerte testimonio de Fe, Gracia y Amor.
Un beso.
;O)